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Sindrome Post-vacacional |
El estrés es un proceso
normal de adaptación a las demandas del ambiente. Cuando tenemos que adaptarnos
a nuevas demandas experimentamos una serie de cambios o reacciones a nivel
corporal o físico, a nivel mental o cognitivo, así como a nivel conductual.
Estos cambios se caracterizan por la activación, aceleración de funciones, o
puesta en marcha de nuevos recursos, con el fin de tratar de dar respuesta a
dichas demandas.
Así, por ejemplo, cuando una
persona tiene que atender una tarea de su vida cotidiana con urgencia, su
comportamiento se vuelve más apresurado, más activo, más dinámico; pero para que
pueda poner en marcha este nuevo ritmo de conducta, se habrán desarrollado y se
estarán activando una serie de reacciones a nivel físico y psicológico, de
manera que se incrementarán sus respuestas fisiológicas (tasa respiratoria,
cardiaca, respuestas electrodermales, temperatura, etc.) y cambiarán sus
procesos cognitivos (la atención se centrará más en la tarea urgente, dejando de
lado otras, se activarán procesos rápidos de pensamiento o solución de
problemas, etc.).
Este conjunto de reacciones
son perfectamente normales, pero ¿podríamos mantener este ritmo indefinidamente?
Por supuesto que no, pues esas reacciones suponen un desgaste de recursos que
van a producir finalmente cansancio, embotamiento, enlentecimiento, aumento de
los errores, malestar físico y psicológico, etc. Es necesario reponer nuestra
energía, nuestros recursos, con el descanso. Una vez hayamos descansado
estaremos en condiciones de volver a responder a las demandas del medio. Y si no
estamos preparados, surgirá otra reacción de estrés, volviendo a activarnos,
como ya hemos visto.
Aunque el estrés es un
proceso normal, si la intensidad de la demanda (estresor) es muy grande y las
reacciones de estrés muy intensas, o se mantienen demasiado tiempo, los recursos
con que contamos (nuestra energía, salud, motivación, interés, estado de ánimo,
etc.) tenderán a gastarse y puede que lleguemos a una situación de agotamiento,
en la que no tengamos tiempo para recuperar dichos recursos mediante el
descanso, o estemos tan preocupados que no podamos dormir. Si esto sucede, puede
que ya estemos sufriendo una serie de síntomas de estrés (dolor de cabeza,
insomnio, dolores musculares, problemas de atención, de memoria, etc.), que
pueden desaparecer simplemente con más descanso. Pero si no se pone remedio a
este estado, los síntomas se irán incrementando en intensidad, irán apareciendo
otros nuevos, y finalmente se puede llegar a desarrollar alguna enfermedad
física o mental.
Al incorporarnos de
nuevo al trabajo, tras las vacaciones, sufrimos una reacción de estrés. En
general, este estresor no es muy intenso para la gran mayoría de las personas,
que pueden ver con preocupación, o incluso con ilusión, la vuelta a su
actividad. El cambio de hábitos suele exigir un esfuerzo para volver a los
horarios habituales, o para mantener la atención centrada en las tareas que nos
ocupan, durante el tiempo requerido. El volver a enfrentarse con
responsabilidades u obligaciones puede suponer un aumento de ansiedad, ante la
posibilidad de hacerlo mal, de fallar, de obtener un resultado negativo.
El rendimiento, la
motivación o el interés en los primeros días pueden ser un poco más bajos de lo
habitual. El cansancio puede surgir más fácilmente. El estado de ánimo puede
decaer en algunas personas, especialmente a las que les cueste un poco más
volverse a adaptar. Algunos grupos son algo más proclives a tener más ansiedad
que otros (no sólo en este periodo postvacacional). Así, las mujeres sufren un
estrés laboral percibido mayor que los varones y sobrellevan también más
consecuencias, tanto físicas como psicológicas. Pero se supone que también hay
cosas agradables en nuestro trabajo (o en el colegio) para la gran mayoría de
las personas, como las relaciones sociales con los compañeros, a los que hacía
algún tiempo que no veíamos. Si estas relaciones son gratas, el proceso de
estrés que estamos experimentando se hará más llevadero.
Sin embargo, para otras
personas el estrés postvacacional puede afectarles de manera más seria, debido a
la acumulación de otros estresores (por ejemplo, problemas de pareja,
dificultades económicas, desempleo, enfermedad, etc.). También puede afectar más
a las personas que no les gusta su trabajo (o su colegio, o instituto), por las
razones que sean, que pueden ser muy variadas, por ejemplo: acabaron muy
agotadas antes de las vacaciones, tienen o van a tener mucho estrés (laboral o
académico) de manera inmediata, están sufriendo acoso psicológico por parte de
sus compañeros, se sienten quemados con su trabajo (o sus estudios), etc. Así,
un estudiante con problemas de tartamudez que teme sufrir las burlas de sus
compañeros (que ya ha sufrido en el pasado) puede sufrir mucha ansiedad ante la
vuelta al nuevo curso académico. Los profesores de secundaria que están muy
estresados (casi la mitad de estos profesionales sufren altos niveles de
estrés), porque tienen serios problemas para controlar la conducta de sus
alumnos en el aula, o han sufrido amenazas, tendrán una vuelta al nuevo curso
mucho más complicada. Las personas que no han descansado porque no pueden tener
vacaciones no lo tienen más fácil, ni tampoco las que están en paro, o algunas
divorciadas, ni las que consumen tranquilizantes desde hace años. Para estas
personas el estrés postvacacional puede suponer un esfuerzo mayor y tener
consecuencias más importantes, pudiendo sufrir un incremento superior de sus
síntomas de ansiedad, o de depresión, o ambos, que pueden desencadenar en
trastornos de ansiedad o del estado de ánimo (depresivos); así mismo, pueden
sufrir algún proceso de somatización (dolor, molestias físicas, etc.), que
podría llegar a generar enfermedades físicas.
El desempleo es un estresor más importante que el
reincorporarse al trabajo tras las vacaciones, constituyendo un factor de riesgo
más grave para sufrir problemas de salud. Así, por ejemplo, en España los
desempleados tienen una probabilidad mayor de padecer algún trastorno de
ansiedad (la probabilidad se multiplica por 2,2), un trastorno depresivo (2,2
más probables), o un trastorno por consumo de sustancias (1,8 veces). El consumo
de psicofármacos en pacientes que acuden a un centro de atención primaria es
mayor en mujeres, en separados y en desempleados, perfil que como acabamos de
ver está asociado con mayores niveles de estrés.
No existe un consenso
de especialistas que haya definido el síndrome postvacacional, por lo que las
estadísticas que se puedan encontrar en los medios de comunicación muchas veces
se limitan a hacer estimaciones personales, en las que se suelen dar cifras tan
diferentes como un 6% ó un 57% de trabajadores que sufren este síndrome. Cuando
se realiza una encuesta que pregunta directamente que si se ha sufrido el
síndrome postvacacional (sin definir qué es) la mayoría de los trabajadores
responden que sí (57%, 63% de mujeres y 51% de varones), pero para casi la mitad
de los consultados los síntomas desaparecen en tan sólo unos días (www.randstad.es).
Tampoco conocemos estadísticas serias que nos indiquen que en esta época
aumentan las consultas relacionadas con el estrés postvacacional al médico de
atención primaria, al psicólogo, o al psiquiatra. En un meta-análisis sobre los
estudios realizados se encontró que se ha investigado algo, aunque muy poco,
acerca del efecto de las vacaciones sobre la salud y el bienestar, encontrándose
un tamaño del efecto pequeño (d = +0,43), pero significativo, tanto con
vacaciones cortas como largas (más de diez días), que se pierde unas semanas
después de volver al trabajo (d = -0,38).
Para sufrir un trastorno
adaptativo postvacacional tendrían que cumplirse una serie de criterios, para
los que sí existe consenso universal, y por lo tanto se podría estudiar su
prevalencia. El primero de ellos, según la DSM-IV, es: “La aparición de síntomas
emocionales o comportamentales en respuesta a un estresante identificable tiene
lugar dentro de los 3 meses siguientes a la presencia del estresante”. Es decir,
que para que alguien sufra este trastorno debe estar experimentando estos
síntomas emocionales (malestar, ansiedad, depresión) o comportamentales
(deterioro significativo de la actividad social o laboral o académica), como
consecuencia de la vuelta a su actividad profesional, tres meses después de
reincorporarse a la misma. Además, este trastorno sería previo a un trastorno
depresivo o un trastorno de ansiedad.
Consejos para superar el estrés
postvacacional
Para superar el estrés
postvacional, así como para prevenir las consecuencias negativas del estrés en
general pueden seguirse una serie de cuidados que vamos a resumir a
continuación. Comenzar el trabajo poco a poco y a ser posible por lo más grato.
Conviene usar el tiempo de comer como momento de descanso y ruptura con nuestras
actividades profesionales. Es bueno aprovechar la comida para hacer vida social
y familiar. Dormir lo suficiente, en torno a ocho horas. Dejar el trabajo en la
oficina (tanto los papeles, como las preocupaciones). La práctica moderada de
algún deporte o ejercicio físico ayuda a relajarnos. La organización del tiempo
y de nuestras actividades, estableciendo horarios, es fundamental para poder
descansar, no estar preocupados, no sufrir continuos sobresaltos, olvidos
importantes, etc. Saber seleccionar actividades cuando no podemos hacer todo. No
analizar continuamente los problemas o las alternativas: esto produce ansiedad.
El estrés que nos produce un problema o situación depende de las consecuencias
que prevemos, pero a veces exageramos las consecuencias negativas (hay que ser
realistas y positivos, no hay que magnificar lo negativo). No añadir elementos
accesorios al problema. Reforzar las conductas positivas de las personas de
nuestro entorno, con aprobación, halagos, sonrisas, pequeños detalles, etc.
Corregir las conductas negativas de las personas de nuestro entorno, dándoles la
información a tiempo y nuestra desaprobación, pero sin broncas, sin culpas, ni
otros castigos. Practicar la relajación con cierta asiduidad en los momentos en
los que nos encontramos peor, dedicándonos algún tiempo a nosotros mismos. Leer
algún libro bueno de autoayuda para aprender a pensar bien, eliminando algunos
pensamientos erróneos, ideas irracionales, etc., que nos estresan. Exponerse
poco a poco a las situaciones que tenemos pánico. Aprender a decir no, practicar
nuestras mejores habilidades sociales, etc.
Los efectos a largo plazo del estrés intenso y
prolongado
Son conocidos los
efectos del estrés en general cuando es muy intenso y se prolonga demasiado
tiempo (se cronifica) sobre la salud física y sobre la salud mental. Lo
resumiremos brevemente. Sabemos que si sufrimos reacciones de estrés muy
intensas y mantenidas en el tiempo, por las razones que sean, a la larga éstas
pueden desencadenar (o estar asociados con) el desarrollo de diferentes
desórdenes mentales, como por ejemplo trastornos adaptativos (de tipo ansioso,
depresivo, o mixtos), algunos trastornos de ansiedad (especialmente, trastorno
de pánico, trastorno de estrés agudo, y trastorno de estrés postraumático),
algunos trastornos del estado de ánimo (sobre todo trastorno depresivo mayor),
trastornos por consumo de sustancias (abuso, dependencia, y otros trastornos
mentales derivados del consumo), así como algunas disfunciones del sueño,
sexuales, o los trastornos de la alimentación.
Igualmente, el estrés y la
ansiedad además de producir trastornos mentales pueden desencadenar también (o
estar asociados con) una serie de trastornos físicos, como por ejemplo los
llamados trastornos psicofisiológicos, entre los que cabe mencionar: los
trastornos cardiovasculares (enfermedad coronaria, hipertensión, infarto,
arritmias, etc.), trastornos digestivos (colon irritable, úlcera), trastornos
respiratorios (asma), trastornos dermatológicos (psoriasis, acné, eczema), y
otros trastornos frecuentes en las consultas de atención primaria de salud,
como algunos en los que está presente el dolor o la tensión (cefaleas
tensionales, lumbalgia, artritis, dolor crónico), ciertas disfunciones de la
fertilidad, determinadas enfermedades relacionadas con el sistema inmune
(cáncer, artritis reumatoide, etc.), y en general en cualquier trastorno crónico
que implica una pérdida importante de la calidad de vida (malestar físico,
dolor, pruebas invasivas, hospitalización, disfunción) o una amenaza para la
supervivencia (resultados de pruebas diagnósticas críticas, cirugía, enfermedad
terminal).
Los problemas de ansiedad, estrés y depresión en
atención primaria
Desafortunadamente, muchas de las personas que
padecen estos trastornos, tanto físicos como mentales, no cuentan con la
información necesaria para conocer y manejar sus emociones, ni para entender
cómo y por qué los estados emocionales negativos (con una experiencia
desagradable y alta activación fisiológica) empeoran su dolencia, o a quién
deben dirigirse para recibir un tratamiento eficaz que incluya entrenamiento en
manejo de sus emociones, etc.; todo lo cuál suele generar altos niveles de
ansiedad, frustración, desesperanza e incluso a veces depresión. Con el tiempo,
si se carece de dicha información, el estrés y las emociones negativas
(ansiedad, miedo, ira y tristeza, especialmente) suelen aumentar la
sintomatología e incluso cronificarla.
Una gran parte de las
personas que sufren estos desórdenes, tanto físicos como mentales, acudirá a un
centro de atención primaria (el 64,2% de los pacientes con trastornos mentales
es atendido por un médico de atención primaria), donde el problema será
descontextualizado de su sentido emocional y psicológico, por un especialista
médico que no tiene suficiente formación psicológica en ansiedad y estrés, o en
salud mental. Por lo que los trastornos mentales en atención primaria pasan
muchas veces desapercibidos (para el médico y para el paciente) y no reciben el
tratamiento adecuado. El médico tratará el problema de manera exclusivamente
farmacológica, a pesar de los efectos secundarios no deseados que a veces pueden
influir negativamente sobre otros procesos y trastornos del paciente, como el
embarazo o serios problemas físicos. En la mayoría de los casos se prescribirán
tranquilizantes (tanto para pacientes con trastornos de ansiedad como con
trastornos depresivos) que producen adicción y no resuelven el problema (un 16%
en el último año consumió psicofármacos), sin ni siquiera dar información sobre
la naturaleza del desorden emocional (un factor esencial en los tratamientos
eficaces de estos problemas), por lo que la mayoría de estos trastornos (para
los que existen tratamientos eficaces) tenderán a ser persistentes y a
cronificarse, lo cual supone una gran carga (días perdidos, por ejemplo) y un
gran coste. Al final, en nuestro país, la gran mayoría de los pacientes con
trastornos de ansiedad y depresivos no están bien medicados. Además, los
trastornos mentales producen más discapacidad que los trastornos físicos
crónicos y tienen un efecto de sinergia cuando se combinan con enfermedades
físicas crónicas para producir discapacidad.
Esto puede llegar a tener
unas consecuencias muy costosas, tanto a nivel individual como social. Así, por
ejemplo, la OMS prevé que la depresión será la segunda mayor causa de
discapacidad en el año 2020. Además, el trastorno depresivo empeora más la salud
incluso que las enfermedades físicas crónicas (diabetes, asma, angina y
artritis), tal y como se comprobó en un estudio llevado a cabo con casi 250.000
pacientes de 60 países, en el que se encontró también que entre un 9,3 y un 23%
de pacientes con enfermedad física crónica presenta un trastorno depresivo.
En España, esta enfermedad
mental está ya en el cuarto puesto de la lista de trastornos que más gasto
generan en atención primaria con un 4,5% del gasto total, ranking en el que la
hipertensión esencial está en el primer puesto con un 9,3% y los problemas de
ansiedad en el décimo noveno con el 0,8%. Por otro lado, un 19,5% de los
pacientes de AP presentan al menos un trastorno de ansiedad, convirtiéndose en
hiperfrecuentadores de estas consultas, que ya están de por sí colapsadas, a
pesar de que un 41% de estos pacientes no está recibiendo ningún tipo de
tratamiento. A su vez, estos pacientes con trastornos de ansiedad presentan un
mayor riesgo de padecer trastornos físicos, como cefalea, cardiopatía, problemas
músculo-esqueléticos o trastornos digestivos. Por último, los síntomas físicos
típicos de procesos emocionales en los que se producen somatizaciones son muy
frecuentes en pacientes que acuden a atención primaria, como la fatiga (que se
da en el 57% de los casos), el dolor de cabeza (40%), o el dolor de espalda
(39%). Estos síntomas son acumulativos (más de la mitad de los pacientes tiene 3
ó más), tienden a cronificarse (2 de cada 3 personas los presentan desde hace
más de 6 meses) y su acumulación está relacionada con ansiedad, así como con
peor salud.
Los tratamientos eficaces
En el Reino Unido se está
produciendo un cambio radical en la atención primaria del sistema nacional de
salud acerca del tratamiento de los trastornos de ansiedad y los trastornos
depresivos de gravedad media o baja. Tras un estudio riguroso de la carga, los
costes y la eficacia del tratamiento de estos desórdenes, se ha decidido
sustituir el tratamiento farmacológico por el tratamiento psicológico, con
técnicas cognitivo-conductuales, que han demostrado ser más eficaces y
eficientes a medio y largo plazo.
Fte: Dr. Antonio Cano Vindel
Fte: Dr. Antonio Cano Vindel
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